Toda
mirada es siempre, y en primer lugar, un acto de presencia y en
presente, donde el ahora escapa, ciego, de arena, hacia el olvido.
Pero si es un pintor quien mira, ese acto se espesa y cuaja como
un mundo inicial en el cristal del lienzo, creando una abertura
novedosa para que entren los otros en los espacios líricos
que comprenden ese universo que es soñado.
Así,
encontramos: manos sorprendidas en singulares gestos; mujeres que
esperan y que miran una fiesta cercana o un amor dudoso que no llega;
danzas escritas con manos y con cuerpos (uno que canta es un crucificado);
frutos que retan al tiempo, que disuelve lo efímero; ...
guitarras que despiertan a los duendes dormidos en la sangre...
Juan
Cabello nos entrega con esto su regalo, el don de su mirada, que
rescata para la memoria retazos de un mundo que es el cante: esa
palpitación estremecedora, como un combate en las entrañas,
que viene de lo remoto y se hace voz oscura y desgarrada, con olor
a hierba machacada.